Mito de Hel, la reina de las tierras de la muerte

Mito de Hel, la reina de las tierras de la muerte

Hel, es el nombre otorgado a la Reina de los nueve mundos infernales de los pueblos nórdicos. Según el mito, estos se encuentran en un territorio llamado Niflheim (mundo-tierra nebulosa). Su reino el Helheim (casa de Hel) está dentro de altos muros y atravesado por el rio Slid, cuyas aguas infectadas desprenden constantemente un vapor tóxico. Para llegar, se recorre tortuosa y larga carretera, con dirección siempre al norte y hacia abajo. Su visión es repugnante, aunque completamente carente de color, un paisaje frio y desolador.

Entrar en este infierno es una experiencia terrible, porque el espíritu se encadena con lazos irrompibles antes de la muerte y el alma es arrancada por un viento helado cargado de angustia. En este momento, se envían Las Criadas para acompañarles; estas tenebrosas damas muertas, aparecen de noche solo para atormentar a los moribundos mostrándoles una visón de los horrores que le esperan en el otro mundo.

Se entra por una majestuosa puerta negra, que aturde los oídos con tristeza cada vez que se abre. Entonces se ve al Garm (devorador), un horrible perro infernal y a la misma reina Hel dando la bienvenida, señal inequívoca de que ya no hay marcha atrás, se ha fallecido y ninguna oración es válida. Aquí vienen a parar solamente aquellos que no han caído en combate, como los viejos y enfermos.

Hel, transforma la realidad de los condenados, maneja las sombras para mostrar falsa materia sólida en forma de muros y cuevas. Dejando un lugar en lo profundo del abismo designado a los hechiceros o adeptos a las artes oscuras. Es allí, en la residencia más temible donde el nigromante contempla con horror el destino de su alma. Hel lo observa, espantosamente pálida, disfrutando su tortura.

La palabra inglesa “Hell” proviene del nombre de esta Reina infernal, cuya raíz se deriva de la Anglosajón Hélan o Helan (cubrir, ocultar”), incluso la palabra “matar” en el lenguaje norsa dice At Slaa ihel (i-Hel).

Durante sus apariciones en la tierra de los vivos, tomó muchas formas; se decía que solo los perros podían reconocer su cercanía y daban aviso ladrando en la puerta de la casa del próximo moribundo. En forma de toro, la reina llevó muerte y desolación, iba de granja en granja sembrando la muerte con su aliento. A veces era una cabra o un caballo blanco de tres patas. Su visión auguraba fallecimiento; por fortuna, solía decirse que bajo el aspecto de animal, podía pagársele con una medida de avena para satisfacer sus necesidades, librándose así de la muerte, después de una terrible enfermedad.

A mediados del siglo XIV, Hel fue vista a menudo como una anciana sin dientes, así recorrió el país con un rastrillo o una escoba en la mano. Cuando utilizaba el rastrillo pocos se salvaban, al utilizar la escoba, todos morían.

Pero su forma más conocida, es la de una mujer con la mitad derecha hermosa y pálida como la aurora, en contraste con la otra mitad, la imagen terrible de putrefacción, exhalando vapores nauseabundos con la piel cubierta de un limo verdoso, y con una mirada sin ojo que penetraba el corazón del desafortunado, helando hasta su espíritu.

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